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{El Almacén}

Massa, el camaleón estratega

 

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Scioli y los soldados de Perón

 

Daniel está seguro de que será el próximo presidente de los argentinos. Las encuestas relajan su sueño por las noches, Cristina lo sienta al lado en los actos de cada semana y los militantes de La Cámpora lo empezaron a reconocer como el líder político que puede continuar el Proyecto. Su llegada a la gente y la creciente intención de voto, dieron vuelta hasta la opinión más opositora. No hay pensamiento que no se pueda cambiar adentro del peronismo. El que no cambia es un inflexible y esa especie no tiene condiciones para sobrevivir en las calles del PJ.

Será Scioli o el conservadurismo de la derecha. Así lo interpretan los fieles seguidores de Cristina. No hay espacios para las dudas después de las PASO. El kirchnerismo más duro deberá digerir la naranja sciolista y ponerse a las ordenes del que, si los argentinos lo eligen, será el próximo Presidente de la Nación, y el jefe del peronismo. La consigna patria o muerte quedará enterrada en los sótanos de Carta Abierta.  Scioli o el retroceso, será el lema. Peronismo por cuatro años más es la cuestión.

 

Un abrazo reparador


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Estela está parada al borde del Olimpo. Se encuentra en el lugar donde siempre quiso estar en los últimos 37 años. En el punto geográfico preciso donde los anhelos se transforman en sensaciones concretas surgidas de la realidad. La abuela de pañuelo blanco ganó una lucha desigual contra el paso del tiempo y los hombres de traje verde. Venció al desconsuelo y al olvido.

La señora de pelo blanco retrata la amenaza imaginaria de su hija Laura a los militares de las noches trágicas. “Mi mamá no se van a olvidar de lo que están haciendo y los va a perseguir”.  La mamá de Laura y la abuela de Argentina cumplió. Logró que su búsqueda sea una causa nacional y le puso un sello a la memoria argentina imposible de borrar.

El nieto 114. El número que los viciosos jugarán en la quiniela, que las abuelas recordaran para siempre, que los libros agendarán en las páginas amarillas de la historia. Guido en el pasado, Ignacio en el presente, Carlotto para siempre. El nieto de Estela generó un furor en las redes sociales pero, sobre todo, logró unir a los distintos en un mismo grito de felicidad.

Mientras habla del nieto que buscó durante la mitad de su vida, algunos pocos desubicados intentan imprimir el sello kirchnerista en el logró obtenido. Entonan el himno del proyecto nacional y popular, y se desesperan por colocarle al hecho histórico una bandera creada por Máximo. La pelea de las Abuelas de Plaza de Mayo no tiene identificación política. Su lucha excede las ideológicas, traspasa los relojes de pingüino, se basa en la reparación de dolor eterno.

“No quería morirme sin abrazarlo”, dice la abuela. Su deseo es tan simple que tiró por la borda todos los análisis periodísticos de alta complejidad. Un abrazo cálido, entrañable y reparador, es el deseo de una mujer que transita el atardecer de su vida. Tocar a su nieto. Sentirlo. Entender que está vivo y que la sangre puso en riesgo su veracidad pero confirmó que es suyo.

La silla vacía ya tiene dueño. Es el nieto catorce en la familia italiana. El músico que enfrentará un nuevo desafío a partir de ahora. La tarea rebuscada, pero necesaria, de remover el pasado. De preguntarse de donde viene y contarle a su nueva familia que pasó en los 36 años donde perdió la identidad. Ese hombre tan buscado por los medios de comunicación tiene el desafío de compatibilizar dos caras.

Ignacio Hurban es Guido Carlotto. Es la misma persona pero con otro nombre. Ser el que uno nunca fue es el reto. El nombre es un tatuaje indeleble. Cambiarlo implica desechar una sumatoria de años de conciencia. La identidad,  lo que somos, lo que fuimos y lo que creemos que seremos siempre. El conflicto interno que solo la psicología parece resolver en los laberintos del cuerpo humano está servido sobre la mesa.

Estela es la abuela que tiene portarretratos vacíos para poner la foto de un nieto que siempre quiso conocer. Es la señora que lidera un grupo de mujeres que esperan que Dios no las requiera antes de que sus nietos aparezcan. Es la señora que pasó por encima los fanatismos políticos que suelen ser irracionales y obtusos. El proyecto de ella siempre fue nacional y popular. Fue de izquierda y de derecha. Nunca se quebró. Apenas se dobló.

Sillón en venta


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La muerte vuelve más buena a la gente. La dignifica, la enaltece, la desplaza de los males cosechados en los años de prepotencia y soberbia. La muerte es sanadora. Cura las críticas del pasado y reconforta la imagen vacía de una cara que entró en estado de degradación. La muerte le ganó a Julio Grondona.

“Don Julio” se quedó sin aire apenas pasado el mediodía del miércoles 30 de julio. Y desde ese instante mortal hasta ahora, dejó el traje a rayas de Don Corleone y se puso el manto blanco de San Pedro. Cambio de equipo en apenas algunas horas. Dejó la camiseta de los odiados personalistas y se puso la de los grandes hombres de América Latina.

Con el paso de los días los críticos serán más críticos que antes del deceso del presidente de AFA, y los aduladores se convertirán en historiados parciales de un pasado de supuesto esplendor en el fútbol argentino. Palabras más, palabras menos, serán los fieles pelegrinos de un Dios del fútbol llamado Julio.

Grondona dejó un sillón vacío, una estructura de poder sin líder y una entidad importante, en términos sociales, hundida en un caos de desmanejos y abusos de poder. La construcción del predio de AFA, el crecimiento de la Selección Argentina y el descenso de equipos grandes (aparente transparencia en la gestión), llenan la mitad del vaso que Julio soltó para siempre.

Julio Humberto Grondona fue el “vicepresidente del mundo” con el poder concentrado en su puño, un hombre “sin gorra ni chapa” porque entendió que no era él, el que tenía que escribir la lista de barrabravas, y una persona que se jactó de ser intuitiva porque siempre vio “un poquito más adelante”.

El poder y la muerte están  íntegramente relacionados. Pueden ser causa y consecuencia en una misma situación. Podes salvarte de la muerte por poder o podes morirte por utilizar mal el control de influencias. Grondona vivió y murió con poder. Lo supo utilizar. Se transformó en un experto y astuto controlador. Inclusive, fue un hábil declarante, cualidad distinguible en un país de muchas frases y pocos conceptos

En su última aparición pública lució elegante, con el último botón de la camisa prendido y la corbata ajustada. Una imagen pulcra y entera. Parecía haberse preparado para la última foto de su vida. Los flashes lo iluminaron en la puerta de la AFA, en el edificio de calle Viamonte que se transformó en un imperio infranqueable. En ese lugar donde supo convencer a sus fieles seguidores de que lo extrañarían cuando ya no estuviera. Su amado sillón presidencial está en venta.

Cocinero popular

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A mi amigo el “Cabezón” Ricardini. El recuerdo creado en una noche en la que Martín Palermo soñó bajó la lluvia

Limpia los lentes empañados por el calor repentino que chocó con su cara cuando abrió el horno de barro. Vigila los pollos que ya deshueso, con arte de cirujano, y a los que les dejó un poco de piel para que los glotones desesperados se abalancen sobre la grasa crocante.

Protesta un poco para no perder la costumbre, se queja de algún hijo de puta que llegará tarde a pesar de sus insultos, y saca la fuente de papas que empezó a armar con una medida criteriosa de fernet a la derecha de su mano.

Desde que empezó la organización de la comida, comilona, para ser más descriptivo, se asesoró que todo lo que tuviera que utilizar esté en condiciones aceptables. Una asadera grande para que las papas, camotes y cebollas puedan alimentar al batallón. Sin cascaras, cortadas en trozos grandes y bañadas con aceite.

Trató de que la muñeca mantenga el equilibrio para no abusar en la caída del óleo sobre las verduras, y luego las dejó en el banco de suplentes, esperando a que el calor sea el indicado para cocinarlas.

Tiró sal y pimienta sobre los animalitos que, en un pasado, tenían plumas y, tarde o temprano, se convertirían en los reyes de la mesa. Los acomodó con una prolijidad distinguible de alguien que tiene un accionar metódico y ordenado.

Después de la ceremonia gastronómica, toda la comida se fue al infierno y lo obligó a picar una rodaja de salame casero que tenía sentencia de muerte. Un poco de remedio con graduación alcohólica, mezclado con la fórmula para desajustar los tornillos, y un debate futbolero, y verborrágico, para consumir los minutos del reloj un poco más rápido.

La mesa en orden, las migas de pan dormidas cerca de la medianoche y la lluvia en cada rincón del jardín fueron el telón de la obra principal. El cocinero pegó dos gritos y reclamó la ayuda del batallón amistoso para poner los platos y cubiertos. Toda la vajilla en las coordenadas específicas donde los humanos se sentarían a devorar lo que el diablo tenía en su vientre.

“Cabezón, ¿y si el sábado que viene hacemos unas tortillas?”, le gritó un angurriento desesperado, pidiéndole un nuevo menú antes de comer lo que había costado dos horas de preparación. Tomó aire, miró por sobre sus lentes y mandó a la mierda a su interlocutor con el tono de voz de quién pretende que no lo molesten. Ese insulto fue la mejor noticia para los comensales. Fue la aprobación de que un nuevo plato sería cocinado por sus manos. Un nuevo momento para comprender la amistad.

Victoria barra brava

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Barras, locura y realidad. Balas para todos y todas. La pelota pide la bendición eterna de Francisco y Di Zeo asume que le gustaría ser presidente de Boca. Una noticia tras otra y la muerte siempre compitiendo con el fútbol por el protagonismo de los fines de semana. La redonda cada vez más linda contada en los cuentos de Sacheri y Fontanarrosa, pero manchada de sangre por los inadaptados que se creen dueños de los clubes. Impunes servidores de la parca.

El loco de Cantero imitó a un caballo desbocado y perdió  más de lo que ganó. Lo dejaron solo contra la corporación de barras y dirigentes, y terminó esquivando sillas por decisiones desacertadas en el verdadero juego. “Bebote”, el adulto barrabrava que cuenta su vida por facebook, siente que le ganó la batalla al presidente de Independiente. Lo vio tan solo, que se la bancó mano a mano.

Los hinchas se preguntan todos los días si vale la pena seguir yendo a la cancha o si es mejor quedarse en la casa, tomando mate y escuchando, durante noventa minutos, quienes serán los invitados de 6, 7, 8 el domingo a la noche. La mayoría todavía resiste y se acerca a las tribunas. Si la violencia no para, el Estado no garantiza seguridad y los dirigentes practican el arte del encubrimiento, lo único garantizado en el fútbol es el desencanto de las mayorías.

Esa mayoría que hoy copa los estadios les está mandando un mensaje a las dirigencias de los clubes. Las mayorías ganan y ganar, en esta batalla, significa que los que pierden son los barras. A ellos es a los que hay que combatir y no ayudar. El hincha común busca explicaciones pero no las encuentra ni con ayuda de un detective. Especula los fines de semana y genera teorías de café en búsqueda de soluciones posibles. Lee los diarios, mira la televisión, desafía la adversidad de las noticias y parte rumbo a la cancha creyendo que aún es un espectáculo familiar.

La AFA y el Ministerio de Seguridad de la Nación estimaron que la mejor medida es prohibir los visitantes. Es la mayor solución que le encontraron al problema. Mientras tanto, las cámaras de la Policía miran para otro lado. Hay dos focos de atención. Doscientos tipos, armados, jugando con sus vidas en una esquina, y dos palomas peleándose en la rama de un árbol. El lente policial se paró en los animalitos. La zona donde murieron dos personas en un enfrentamiento interno de “La 12” estaba un tanto, quizás un poco, liberada.

Se consumen los años y no existe ningún gobierno capaz de cortarle la cabeza al monstruo del paravalanchas. Por omisión, conveniencia o complicidad, los protagonistas siempre son los barras. Triunfan porque se imponen con agresividad en el mundo futbolero. Se matan entre ellos y los partidos se suspenden para todos los hinchas. La solución está escondida en el derrumbe del negocio político y policial. Si nadie es capaz de llevar adelante una verdadera lucha, dejen que estos mercenarios se conviertan en los presidentes de los clubes y den lecciones de moral.

País veleta

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Desde el sur el viento movió las velas. A algunos les sacudió las ideas, las convicciones y las palabras. En el país que gobiernan los pingüinos, acatan los deportistas naranja y deambulan los nenes bien amarillos, la palabra vale menos que el patacón en época de vacas raquíticas. Argentina es un país veleta. Hoy es blanco lo que mañana será negro y hasta, si lo miras con ganas y sos copado, puede ser violeta, celeste o fucsia.

Scioli se hace el kirchnerista y anda divulgando por ahí eso de que en la política el gris es un color que no existe. Daniel, el muchacho equilibrado de la fuerza y la garra, también es capaz de convertirse en Abal Medina e inmolarse por el proyecto. En verdad, no tiene bien en claro lo que quiere y mientras él decide, el mundo nacional y popular se lo devora sin sal ni pimienta.

Moyano es el más opositor de todo el terreno argentino. Es buen tipo. Solo corta calles, aprieta empresarios chicos, te amenaza cada dos minutos con que si se le da la regalada gana te caga la vida, y luego dice, con el lamento en la voz, que es un humilde trabajador. El discurso es casi el mismo al de hace unos años. La única diferencia es que la letra K ya no se le ve tatuada en el brazo. El padre político es el único que se salva de su perorata. Los muertos no hablan.

En tiempos de campaña, el gobierno de Cristina tiene un nuevo rival, enemigo, blanco y objeto de desprecio. El traidor de Massa es el representante de la derecha argentina que fue, quizás por alguna equivocación, el Jefe de Gabinete durante el primer mandato de la esposa de él. Sergio fue infiel y en algún momento, tarde o temprano, deberá pagar por eso. Etchegaray anda buscando en el Google y pidió que lo esperen. Algo le va a encontrar.

Los traidores comen con los fieles, los tibios toman mate con los kamikazes, y los que están en duda que se pudran preguntándose de qué lado van a estar. Tampoco hay que generalizar, hay muchachos que mantienen una línea argumental en el tiempo. Esos son los tontos que no se dan cuenta que en la Argentina la incoherencia no se paga tan caro.

Un despertar doloroso

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Ángeles lee el diario sentada en la silla invisible. Mira sus piernas dañadas, las zapatillas que se olvidó en un basural y un montón de residuos que cubren su cuerpo muerto. Lee la nota del periódico y se aburre al segundo párrafo. Ya sabe como sigue su propia historia. Se ofende con las imágenes, llora, golpea la mesa en donde las hojas están apoyadas y se resigna a aceptar la derrota de la ética. Estaba durmiendo cuando, no sabe porque, abrió los ojos y vio su imagen en el periódico del viernes.

Durante los 16 años que vivió nunca supo que la iban a matar y que, después de una catarata de notas con su historia, las fotos de su momento más doloroso, iban a aparecer a la venta por el módico precio de $4,25. “¿Valgo tan poco?”, se pregunta. “¿Valgo?”, se machaca hablando sola y mirando al vacío. “No valgo absolutamente nada”, sentencia con restos de lágrimas negras.

El diario eligió ponerla en la portada. Sacó cuentas y los números cerraron fáciles como los del INDEC. La muerte, pese a quién le pese, vende. Ángeles lo sabe y por eso trata de dejar de lado su lamento. Sabe que el dolor es eterno. Tiene en claro que contra el comercio morboso no hay manera de luchar. Sólo hay que aceptar y putear al aire. Pero su fastidió no desaparece.

Después de un par de minutos, termina de leer el diario y siente que el peso de la angustia se derritió completamente. Pasó rápido. Fueron un par de páginas y dos fotos editadas lo que generó esa sensación extraña en su pecho. Nada más. No sabe cómo ni porque pero ahora está tranquila. Pasó por distintos sentimientos desde que vio la tapa hasta que cerró el diario. Pero ya está. Pasó.

En su lucha interna de sensaciones no logra disimular la bronca por la foto que utilizaron para contar, una vez más, sus últimos días en el barrio de Palermo. Tiene en claro que el relato de los hechos es inevitable pero, a pesar de su corta edad, entiende que esas imágenes podrían haber quedado en el expediente judicial de su muerte. Sin pensarlo demasiado, toma el diario, arranca la tapa, la hace un bollito y la tira desde el cielo al vacío. Era lo que le faltaba hacer para liberar la ira completamente. Luego retoma el sueño y espera, que de una vez por todas, no la vuelvan a despertar.

La vida no vale nada

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Los trenes. Otra vez los trenes, los muertos, los discursos, los mensajes de consuelo. Los muertos, sobre todo los muertos. El tren choca a las 7:05, la gente grita, Cristina se entera y maldice a los Cirigliano, suenan sirenas, la gente se amontona, olor a muerte. Randazzo prepara el discurso y los muchachos del SAME se enteran que saldrán en la tele otra vez.

Pasan los minutos y las horas, se van los heridos, llegan los funcionarios, los peritos se preguntan unas cuantas veces ¿por qué?  La gente desde sus casas lo repite en voz alta un millón de veces más, ¿por qué? ¿Por qué? se pregunta el Ministro con intenciones de Diputado. ¿Sabrá Néstor por qué? ¿O la respuesta la tendrán los Cirigliano? Las ambulancias se acercan al lugar y un par de distraídos no saben si grabar con su celular para “TN y la gente”  o si darle un vaso de agua al que tiene la pierna rota.

La gente se muere por culpa de la corrupción, del maquinista, de los errores humanos o del descuido de un inconsciente que se equivocó de cuenta bancaria, y mandó la guita de los trenes a un agujero negro del Estado.  Puede fallar, dijo Tusam. Cualquier hijo de vecino puede equivocarse y mandar un par de millones a una cuenta errada. Es una falla admisible. Al menos lo es para los encargados de controlar el dinero que el Gobierno decide invertir en los trenes.

La gente se sigue acercando al lugar del choque. El argentino es curioso, le gusta saber para después renegar de lo que se enteró. En la tele fallan las calculadoras. Unos dicen que hay 300 heridos, otros que son 100 y los que no quieren quilombo, que hay casi 200. Tampoco es para enojarse. Un herido más o uno menos da igual. En todo caso, la preocupación son los muertos. Los malditos muertos que siempre andan arruinando las encuestas de intenciones de voto.

Va quedando menos gente en Castelar. Ya no hay nada que hacer. En verdad, sí hay una cosa para hacer. Hay que fijarse si no queda nadie en el tren. Otro Menghini Rey no por favor. Después cada uno a su casa a seguir con la vida normal. Mañana ya se morirán otros y un nuevo tren chocará. Ya lo habían avisado los familiares de Once pero nadie les dio bola. Una lástima. Los borrachos, los chicos y el ganado humano que viaja en los trenes, siempre tienen la razón.

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